Jesús nos enseña a tener esperanza, es decir, a
pasar los momentos difíciles de hoy con la certeza
que tendremos un mañana mejor.
La esperanza nos anima a sembrar, aun cuando la
sequía y la inundación arrasaron con lo que habíamos
plantado.
La esperanza nos anima a
construir, aún cuando el incendio, el huracán o la maldad han reducido a
escombros lo que habíamos edificado.
La esperanza anima a los enamorados a casarse, tener
hijos, formar un hogar, aún cuando muchas familias se han desintegrado.
La esperanza anima la fe de los creyentes, en un
mundo en el que muchos han dejado de creer.
"La actitud fundamental de la esperanza, de una
parte, mueve al cristiano a no perder de vista la meta final que da sentido
y valor a su entera existencia y, de otra, le ofrece motivaciones sólidas y
profundas para el esfuerzo cotidiano en la transformación de la realidad,
para hacerla conforme al proyecto de Dios". |
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La virtud de la esperanza
corresponde al anhelo de la felicidad puesto por Dios en el corazón de los
hombres; asume las esperanzas que inspiran las actividades de los hombres;
las purifica para ordenarlas al Reino de los cielos; protege el desaliento;
sostiene en todo desfallecimiento; dilata el corazón en la espera de la
bienaventuranza eterna.
El impulso de la esperanza preserva del egoísmo y conduce a la dicha de la
caridad.
Jesús es un hombre de esperanza y nos invita a todos a ser hombres y mujeres
de esperanza, es decir a superar los fracasos de ayer, a realizar nuestro
mejor esfuerzo hoy, confiando en que de esa manera construiremos un mañana
mejor.
Jesús, además de confiar en la acción del Espíritu Santo, confía en la
capacidad de convencimiento, la fidelidad, la creatividad y la vitalidad
misionera de sus discípulos dando por sentado que mediante el trabajo de
ellos otros llegarán a creer en él. Qué importante es tener y sobre todo
transmitir confianza en aquellos que continuarán la obra iniciada.
Salvador Gómez |